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La Coctelera

crr62

27 Marzo 2010

El despegue.

Siempre habiamos sabido que los despegues y los aterrizajes eran los momentos más peligrosos de cualquier viaje. Tratándose de nuestra nave, que no había volado nunca antes, todo era incierto. El módulo de carga iba casi lleno y los depósitos de combustible lo mismo. Y a todo esto hay que sumarle que la nave en sí no partía de ninguna plataforma de lanzamiento ni nada parecido. No había cuenta atrás. Ni había torre de control. La nave, construida en el jardín y oculta en un inmenso invernadero, se elevo desde el suelo hacia el cielo nocturno. Por razones de seguridad,  las radios estaban apagadas y también las luces. Los cuatro ocupamos los puestos en el módulo de mando conteniendo el aliento. La nave vibró entera cuando los motores principales se activaron, pero al momento de tomar velocidad y altura, su vuelo se volvió silencioso. Detrás nuestro, la ciudad se convertía en un mapa de luces cada vez más diminutas. ¿Qué pensaba cada uno de nosotros en ese momento tan importante y a la vez peligroso? Ya lo hablaríamos en detalle durante el viaje. Ahora sólo pensabamos en salir de la atmósfera terrestre, el único plan que en realidad habíamos hecho: poder orbitar la tierra durante dos días antes de ir más allá. Eso nos permitiría probar la nave al completo, los instrumentos y su funcionamiento. Hariamos durante dos días el papel de un satélite. Si la nave se comportaba bien, seguiriamos adelante, sino aún tendriamos tiempo de tomar otra decisión. Durante unas dos horas ascendimos sin problemas, en silencio. La nave (que bien podía haberse desarmado en pedazos) resistió la prueba y salimos de la atmosfera terrestre. Llegó el momento de engancharnos en una órbita y por primera vez empezamos a dirigir la nave. Hay un punto entre la tierra y el espacio en donde los satélites orbitan. Un punto donde la atracción de la gravedad no es suficiente para atraerlo a tierra y el satelite puede quedar en esa franja de espacio orbitando el planeta indefinidamente. La alcanzamos con éxito y apagamos los motores principales primero y los secundarios después. Todo fue de maravilla y nos abrazamos los cuatro. "No somos un nave intergaláctica aún, pero ya hemos alcanzado la categoría de satélite", dijo Yani. "Si todo va bien estos dos días, lo seremos.", dije yo. La tierra desde el espacio es bellísima, casi hipnótica, pero nosotros no eramos poetas, sino exploradores, y teníamos mucho trabajo por delante. Había que hacer muchísimas comprobaciones del equipo, de los suministros, de la nave en sí, y de nosotros mismos y nuestros equipamientos. Si los proximos dos días son favorables, tendremos que decidir nuestra primera misión, decidir entre los cuatro hacia donde iremos...

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